“El señor amarillo”: ofrenda prehispánica De Santa Ana Tzacuala, Hidalgo

Carlos Hernández Reyes

Investigador del Centro INAH-Hidalgo

“El Señor Amarillo” es una vasija antropomorfa de barro que representa a un personaje sedente, cuyo cuerpo es un recipiente cóncavo;

conserva restos de pintura amarilla principalmente en el rostro. Su cara es ovalada, los ojos diagonales en forma de “grano de café”; la nariz es recta y ancha, la boca oval aparece abierta; ostenta orejeras discoidales.  Conserva restos de pintura amarilla, blanca, azul, roja y negra.

El personaje ostenta un elaborado tocado en forma de corona, que tiene en el lado izquierdo el extremo con plumas de dos flechas colocadas horizontalmente, y en el lado derecho unas prominencias planas. La arqueóloga Angélica Oviedo las interpreta como flechas de cactos que el investigador Pedro Carrasco llama tzioacmitl. Una franja de barro  aparece  delimitando  la parte  superior que está formada por  tres  triángulos  y la  inferior,  por  una  saliente a manera  de  visera trapezoidal con dos  discos  a los  lados. Del tocado cuelgan lateralmente dos franjas diagonales que terminan en forma redondeada y que se apoyan en el borde del recipiente. La parte superior del tocado está rota.

La parte  posterior  de  la  figura  es plana,  y después de la cara  hasta  la base  continua en forma  trapezoidal. La parte posterior del recipiente tiene dos soportes en forma de espátula que junto con las piernas del personaje sirven para darle estabilidad. Da la impresión de tener al frente   colocado de manera   horizontal un bastón de mando que se apoya en el recipiente. En los muslos  lleva  tres  amarres  circulares que  probablemente  eran de tela y que eran usados  por los  sacerdotes del  dios . Los pies tienen base plana y una esfera al patillaje en cada empeine.  Al frente -entre las piernas- tiene una gran hebilla circular y un moño que ataba el máxtlatl o paño de caderas.

De acuerdo  con  la corona –que probablemente era de papel pintado ya que   los  sacerdotes  se ataviaban a semejanza de la deidad a  la que representaban- así como de las  dos  flechas del tocado y su  propio  cuerpo cóncavo  podemos  suponer   que se trata  de  Huehuetéotl  el viejo dios del  fuego que  siglos  después  entre  los  aztecas fue  llamado Xiuhtecuhti. La pintura del rostro alude a otro de sus nombres: Ixcozauhqui el cari-amarillo.

En el Horizonte Preclásico  y también en el Clásico se le representa  como un   anciano  sentado y con las piernas cruzadas, que sostiene en la cabeza o en la espalda  un  brasero  o recipiente para  el  fuego, pero en este caso el cuerpo  mismo   pudiera ser  el  brasero. El dios del fuego es el más antiguo de Mesoamérica y deidad principal de los otomíes. El fuego es un elemento que fue deificado desde épocas remotas.      

Según Cecilio A. Robelo, era venerado como padre de todos los dioses llamado Tota. Fray  Bernardino de Sahagún  lo coloca  entre  los  dioses  menores, pero  Motolinia  dice  que  al  fuego  lo tenían  y lo adoraban  por dios,  y no de los menores. 

Entre los aztecas era celebrado en el mes Xócotl Huetzi cuya fiesta, según Pedro Carrasco, pudo haber sido originaria de los otomíes. En su altar se decapitaban en su presencia muchas codornices y ofreciente copal y unos “pastelejos” llamados quiltamalli hechos de semillas de amaranto o alegría. Los sacerdotes hacían fiesta todo el día y danzaban cantando y bailando, tañian caracoles y tocaban el teponaztle que es un tambor horizontal de un tronco de árbol ahuecado. Traían en las manos unas sonajas con las que llevaban el son de la danza.

Esta  deidad fue  localizada  accidentalmente cuando vecinos de la  comunidad  de  Santa  Ana  Tzacuala, excavaron una  zanja  en el  montículo  arqueológico que esta  junto a  la  iglesia  local. Para construir esta iglesia, según nos informó el arquitecto Erasmo Cordero Hernández –Coordinador de la oficina de Monumentos Históricos del Centro INAH- los vecinos “rebanaron” la mitad del montículo para construir la iglesia. El dios del fuego estaba junto a dos cajetes rojos, trípodes de cuerpo de paredes de silueta compuesta -borde cóncavo y base convexa.  Los soportes de las vasijas son huecos tienen esferitas de barro en el interior y están perforados, son de tipo sonaja. El hallazgo coincidió con la visita al lugar de la entonces titular de cultura de Acaxochitlán, maestra Olga Castañeda Andrade y su auxiliar Arq. Arturo Castelán Zacatenco. La maestra Olga Castañeda recibió de la comunidad los fragmentos que posteriormente fueron restaurados  por la  arqueóloga  Angélica Oviedo con recursos  de la  presidencia  municipal  de  Acaxochitlán, a  cargo del  C. Julián  Perea  Castelán.

El dios del fuego y los cajetes probablemente corresponden a una ofrenda dedicada al monumento arqueológico cuando en la época prehispánica, fue construido. Corresponde al Horizonte Preclásico Superior que se fecha entre 500 años a.C. y 100 años d.C. El Preclásico Superior también llamado Formativo, ocurre cuando las sociedades prehispánicas han desarrollado la agricultura, la tecnología, la organización social, la religión y el urbanismo para dar lugar a la cultura Teotihuacana del Horizonte Clásico que floreció en Acaxochitlán del 100 d.C.  Al 750 d.C.