Cabezas jíbaras del museo de Tepeapulco (Primera de dos partes)

 Casi todos los museos del mundo tienen entre sus colecciones como piezas importantes las cabezas humanas que los indios jíbaros han reducido a la cuarta parte de su tamaño natural.

Los jíbaros habitan la vertiente amazónica del Ecuador entre el río Pastaza, el Amazonas y los Andes, son famosos como temibles cazadores de cabezas humanas, que han resistido la conquista de los incas y de los españoles.

En el museo de Tepeapulco se exhibían hasta hace pocos años dos cabezas humanas reducidas, pero que al ser remodelado ya no tuvieron lugar, y ahora se encuentran en el Almacén de Bienes Culturales del Centro INAH-Hidalgo. Algunas de las personas que conocieron este museo suelen preguntar por estas cabezas, que ahora se exhiben con motivo de la feria tradicional de Tepeapulco. 

Los jíbaros viven en los pequeños valles de los ríos Upano y Zamora hasta el alto Marañón, y están diseminados sobre un vasto territorio de 64, 700 kilómetros cuadrados. El estado de guerra es normal entre ellos, bien por venganza o para obtener las cabezas de sus enemigos que son un trofeo orgullo del jíbaro.  Estos indígenas obtenían las cabezas en las incursiones guerreras que llevaban a cabo contra los pueblos vecinos.

Antes de la  batalla realizaban una ceremonia a Yacu-Maman, dios de la lluvia y los ríos, para preguntarle si su próxima  incursión seria favorecida por él y si les enviaba una lluvia que no  dejara secar las ramas que recién habían cortado y dejado a la intemperie, era una buena  señal  y  si  era favorable, se preparaban para la batalla: se pintaban la cara de rojo y negro y el cuerpo con una pintura que extraían de una nuez gigante llamada huito, que al mezclarla con agua y aplicársela le da a la piel un tinte –negro azabache- que les permitía distinguirse de sus enemigos. Luego se ataviaban con su vestido de guerra que era una tela nueva de algodón llamada itipi, que se ataban a la cintura con una faja de algodón donde colocaban las cabelleras de los enemigos muertos anteriormente.

Estos guerreros se perforaban el lóbulo de las orejas donde se colocaban adornos de plumas de tucán rojos y amarillos y empuñando una lanza danzaban alrededor de una fogata, al tiempo que tocaban un teponaztle -que es un tambor horizontal tallado en un tronco hueco de árbol-. La danza guerrera duraba toda la noche y consumían en abundancia guamanchi  su bebida favorita preparada a base de yuca o mandioca fermentada. Al amanecer se dirigían a atacar a sus enemigos formándose dos grupos, uno de ellos rodeaba la aldea enemiga y el otro se acercaba sigilosamente atacándolos y matándolos. Las mujeres y los niños eran raptados y más tarde formarían parte de la tribu. El grupo que rodeó la aldea esperaban a los que pretendían huir. 

Cuando la batalla había terminado y los jíbaros habían salido victoriosos cortaban la cabeza a sus enemigos con hachas de piedra, cuchillos de caña de bambú, machetes de madera de chonta y conchas afiladas. Enseguida, las ensartaban en lazos de corteza que pasaban a través de la boca y por la abertura del cuello. Al regresar a su aldea comenzaba la fiesta de la victoria acompañada por el estruendo de los tomtoms, tambores verticales de madera, que hacían sonar con rítmicos redobles y bebían más guamanchi. Entonces colocaban las cabezas decapitadas boca arriba y cada uno de los guerreros iba a sentarse por turno encima de ellas, mientras que el Chamán que mascaba tabaco se acercaba por detrás a cada uno de los guerreros sentados y saltándoles encima, les echaba la cabeza hacia atrás y soplándole la nariz con la boca le echaba jugo de tabaco.  Esto servía como antídoto contra la magia dañina a la que pudieran someterlo sus enemigos.