Mixquiahuala, el pueblo que desafió a un imperio

Milton Flores 

Este bello rincón del Estado de Hidalgo llamado Mixquiahuala Juárez, cuyo significado en lengua náhuatl es: “Lugar circundado de mezquites” y que lleva el apelativo del ilustre patricio Lic. Dn. Benito Juárez

como reconocimiento a quien luchó con gran espíritu de sacrificio por legarnos una patria libre y generosa, tuvo oportunidad de patentizar su lealtad a la causa liberal con un conmovedor acto heroico.

Surgen los antecedentes al concluir la sangrienta lucha fratricida conocida como la guerra de tres años. Es otra nueva calamidad que empaña ominosamente la vida de México; un grupo minoritario integrado por traidores no queriendo perder sus privilegios, se trasladó a Europa para manifestar a Napoleón III su deseo de que nombrara a un príncipe para que nos viniera a gobernar.

Estos acontecimientos se desarrollaban allá por 1863 cuando un grupillo de apátridas monárquicos, después de un largo viaje llegaban a Miramar el 10 de abril de ese año, encabezado por José María Gutiérrez Estrada, quien soñaba con la tutela de un príncipe rubio de ojos azules.

La comisión de malinchistas fue a ofrecer a Maximiliano de Habsburgo el trono de México siempre que fuera aprobado por su majestad Napoleón III, farsa ya arreglada de antemano por Aguilar y Marocho en el palacio de las Tullerías.

Los traidores: Joaquín Velázquez de León, Juárez Peredo, Ignacio Aguilar y Morocho, José Hidalgo, Francisco Javier Miranda, Tomás Murphy, Antonio Escandón, Adrián Wool, Ángel Iglesias Facio, y José Ma. Landa y Arrangoiz fueron los acompañantes de Gutiérrez Estrada, quien en el salón de recepciones del castillo de Miramar hizo uso de la palabra; dando tres pasos al frente y con ramplona solemnidad dijo:

“México, con filial confianza, pone en vuestras manos el poder soberano y constituyente que debe regular sus futuros destinos y asegurar su glorioso porvenir, prometiéndose en este momento de solemne alianza, un amor sin límites y buena fidelidad inalterable”.

A continuación, Maximiliano dando contestación a dicho ofrecimiento, prestó el juramento de rigor, de la siguiente manera:

“Yo, Maximiliano, Emperador de México, juro a Dios por los Santos evangelios, procurar por todos los medios a mi alcance, el bienestar de la nación y defender su independencia, conservando la integridad de su territorio”

Al realizarse la invasión, bajo consigna termínate, a donde quiera que llegaban los franceses, de inmediato convocaban a juntas para que expresaran su deseo de llamar a Maximiliano. De este modo se reunió un buen número de actas que, desde luego, no podían ser el signo de la voluntad nacional, porque no las firmaron todos, ni la mayoría de los pueblos de la república, gran parte de la cual estaba en manos de los liberales y no eran levantadas con voluntad sino bajo la fuerza de las bayonetas francesas.

A este episodio se refiere la actitud asumida por los ciudadanos mixquiahualenses, cuyo relato es el siguiente:

Frente al costado poniente de la plaza principal de Mixquiahuala de Juárez, Hgo, existía una vieja construcción ubicada en la contra esquina del atrio de la parroquia. Era de las construcciones más antiguas de la población; ocupaba casi media manzana, por lo cual tenía vista a la plaza principal, a la plazuela Hidalgo y a la calle Ponciano Arriaga. Los que la conocieron nunca supieron quién la construyó, aunque había indicios que ya existían antes del imperio de Maximiliano.

Se dice también que fue reconstruida a fines del siglo pasado que fue habitada por una familia cuyos últimos descendientes fueron unas damas de apellido Aguirre, lo que originó que se le conociera por “LA CASA DE LAS AGUIRRE”.

En esa época en dicha casa había un local comercial con tres puertas que daban hacia la plaza principal y otra hacia la plazuela Hidalgo. Entre las tres puertas citadas había unos “poyitos” en donde descansaban los viandantes. La puerta más cercana a la esquina de la plaza principal, tenía una hoja recubierta totalmente de lámina muy bien acabada, que guardaba simetría con la otra hoja que era de madera. La explicación es que la puerta fue recubierta debido a que en una ocasión intentaron quemarla.

Este hecho ocurrió a consecuencia de haber llegado a México, Maximiliano, ya ungido como emperador, tristemente el 12 de junio de 1864, encaminando a consolidar su situación política interna y así poder obtener el reconocimiento de otros países.

Con este fin, el emperador ordenó que todas las autoridades provinciales continuaran recabando en todas las ciudades, pueblos, villas y demás centros de población, la firma de actas en donde dieran su adhesión al imperio.

Para entonces, Mixquiahuala ya no tenía la categoría de Alcaldía Mayor que comprendía las poblaciones de Tepatepec, Santa María, Xochitlán, Huitexcalco, Tepeitic, una exrepública indígena llamada Tlaxcoapan, la hacienda de Tlahuelilpan y Atitalaquia, pues ya había pasado a ser parte del distrito de Actopan. Las autoridades del imperio la sojuzgaban desde su comandancia en Ixmiquilpan, razón por la que dicha comandancia se dirigió a Mixquiahuala por conducto de un oficial francés en demanda de la citada adhesión.

Ese día un señor de nombre Manuel Gálvez que a la sazón era representante del pueblo, se encontraba en la plaza principal observando que se hiciera la limpieza puesto que había mucha basura originada por la quema de cohetes y “castillos” con motivo de la festividad de uno de los santos patronos del pueblo (San Antonio) 13 de junio de 1865. Al llegar el oficial francés mostró al señor Gálvez las órdenes escritas que tenía consigo, alargándolo varios ejemplares impresos, con el texto del acta para que la firmara.

El Sr Gálvez aduciendo las mejores razones que pudo imaginar, se rehusó a firmarlas, convenciendo al oficial para que le permitiera consultar al pueblo, concertando una tregua de tres días, a la cual, cortésmente accedió el oficial, retirándose enseguida al lugar que en ese entonces se llamaba “La Venta”, acuartelándose en una casa que posteriormente restauró Dn. Otilio Alamilla.

Tan pronto como se retiró el francés, de inmediato don Manuel Gálvez mandó repicar las campanas de la parroquia en señal de alarma enviando a la vez jinetes a recorrer pueblos y rancherías convocando a los habitantes a una reunión de urgencia en la cabecera municipal.

Reuniéndose no solo las personas principales, sino todo el, pueblo en general. En un ambiente de expectación y dentro del más absoluto silencio, hizo uso de la palabra el Sr. Gálvez para manifestar a los presentes lo siguiente:

“Señores, los he mandado llamar para informarles que un oficial francés que se encuentra acantonado con un destacamento de zuavos en “La Venta” se presentó esta mañana en demanda de que el pueblo firme un acta de adhesión al imperio de Maximiliano, advertidos que, de no hacerlo, ordenará incendiarlo hasta su completa destrucción. Todo mundo escuchó con atención, pero nadie se atrevió a hacer uso de la palabra, motivo por el cual el Sr. Gálvez se dirigió a un miembro del Partido Liberal muy conocido por su pobreza, pero también por su afición a la vida bohemia, a la baraja, a los gallos, etc., espetándole: Dime Nacho, ¿tú qué opinas? El interpelado, Ignacio Flores Aguirre, pariente de las damas Aguirre, contestó: Sr. Gálvez, aunque muy lamentable por todos conceptos, ésta amenaza nos da la magnífica oportunidad de demostrar nuestra lealtad a la causa liberal. ¡QUE QUEMEN AL PUEBLO!. Pero Nacho, eso dices tú porque no tienes nada que perder ya que tu jacal de pencas no tiene ningún valor. Si, contestó el interpelado, en cambio usted y otras personas del pueblo tienen bienes y dinero y al fin de cuentas con perder su casa no perderían mucho.

Continuaron las deliberaciones y al fin prevaleció la opinión de don Ignacio, uniéndolo todos los presentes puesto que eran afines al Partido Liberal y adictos leales a la causa republicana encabezada por el Lic. Benito Juárez. Por tanto y por aclamación unánime se tomó el acuerdo de no firmar el acta y de que todos se marcharían a esperar en la cima del cerro del Elefante situado al norte de la población y estratégicamente resguardado por una profunda barranca, en cuyo fondo corren las aguas del río Tula. Serían las 11 de la mañana del día en que se cumplía el plazo cuando hizo su aparición el oficial francés acompañado de un traidor que le servía de guía e intérprete, seguido por su escolta de zuavos.

Ya lo esperaba don Manuel Gálvez precisamente frente a la casa de las Aguirre. Procedió de inmediato a preguntarle cual había sido la resolución del pueblo y don Manuel Gálvez muy apesumbrado le contestó de manera serena, pero ardiendo de patriotismo: Señor comandante, el pueblo de Mixquiahuala jamás reconocerá al imperio, por lo tanto, puede usted ordenar que procedan al incendio.

El pueblo estaba materialmente vacío y el vecindario posesionado de la cumbre del cerro del elefante, formaba una enorme muchedumbre blanqueando ante los rayos del sol, esperando conscientemente al desarrollo de los acontecimientos que no esperaban con entera resignación.

Cuentan que el francés quedó estupefacto ante ese gesto de patriotismo de los mixquiahualenses y más conmovido que indignado, repudió abiertamente al traidor que le servía de guía, que en ese momento había empezado a prender fuego a la puerta de la casa de las Aguirre.

Apeándose de su cabalgadura el comandante francés estrechó la mano del Sr. Gálvez, expresándole que, ante tal hecho heroico, se sentía apenado y por mismo incapaz de dar cumplimiento a las órdenes recibidas; que les comunicara a los habitantes del lugar que regresaran a sus hogares sin temor alguno y que por favor lo despidiera de ellos.

Esta digna y arrogante actitud de los ciudadanos mixquiahualenses de la época, fue conocida por el emperador Maximiliano y al enterarse que aceptando el sacrificio que se les imponía, preferían la destrucción de su pueblo, antes que traicionar sus ideales, el Emperador acordó el indulto, autorizando a la ciudadanía para que siguiera profesando libremente la causa de sus simpatías, en la inteligencia de que él les proporcionaría la ayuda que les fuera necesaria de parte del imperio.

El imperial decreto fue conservado durante muchos años por el C. Dn. Manuel Gálvez y a su muerte pasó a manos del Sr. Dn. Justino Aguirre quien lo guardaba cuidadosamente; pero como estos dos ejemplares ciudadanos ya descansan en paz, no ha sido posible saber dónde quedó, pues hasta la fecha solo quedan vestigios de este memorable hecho del pueblo a través de las narraciones hechas por personas que se enteraron de ello, pues ya ni la citada puerta existe ya que desapareció al transformar la casona en moderna casa comercial.

Como decimos, este hecho histórico que apenas es conocido por muy pocas personas o ignorado por la mayoría, nos pone de manifiesto el alto grado de civismo de este pueblo ante acontecimiento tan decisivo cuando peligraba la independencia de la patria.

Al terminar con el efímero imperio de Maximiliano debido a la tenacidad y el patriotismo del gran BENEMÉRITO DE LAS AMÉRICAS, Lic. Dn. Benito Juárez, fue de su conocimiento este acto heroico, ordenó la reintegración de las tierras del pueblo a sus legítimos dueños usurpadas por el traidor Gutiérrez Estrada, dueño de la antigua Hacienda Vieja y el pueblo agradecido hizo gestiones para que a Mixquiahuala de le agregara el apelativo del gran Patricio, gran reformador y Héroe Epónimo.

Así mismo, se erigió una estatua de cuerpo entero del ilustre patricio que fue develada por el C: BENITO JUAREZ MAZA, siendo en esa época (1906) presidente municipal el C. Justino Aguirre en cuyo domicilio fue atendido nuestro honorable visitante.

Es digno de consignar que los pueblos de Tepeitic y Huitexcalco sostuvieron los ideales de los mixquiahualenses sin flaquear en ningún momento.