Reflexiones sobre el golpe de Estado a Evo Morales

México, (Prensa Latina) El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, se expresó orgulloso de encabezar un gobierno que garantiza el derecho de asilo, y lo dijo para refutar a quienes le criticaron ofrecer al país como refugio político al exmandatario de Bolivia, Evo Morales.

López Obrador tuvo con ello una actitud cónsona con la historia de México en ese aspecto, consagrada en la Constitución y en una práctica de derecho consuetudinario que se aplica desde 1930 con la proclamación oficial de la Doctrina Estrada.
Se trata de una posición conceptual, filosófica y de principio expresada por Genaro Estrada, secretario de Relaciones Exteriores durante la presidencia de Pascual Ortiz Rubio (1930-1932), que la redactó y publicó el 27 de septiembre de 1930.
Desde entonces México es una tierra de asilo como lo hacen constar los miles de refugiados españoles antifranquistas y cientos de refugiados políticos latinoamericanos y de otras latitudes, víctimas de la persecución de regímenes autoritarios.
El caso de Evo Morales no es la excepción, sino otra expresión consecuente con la Doctrina Estrada, en esta ocasión porque fue aplicada por un gobierno muy diferente a los rigieron México en los últimos 36 años de neoliberalismo, y muy apegado a los principios éticos, morales, nacionalistas y de soberanía sostenidos en los preceptos juaristas de política exterior.
Si la Doctrina Estrada hace énfasis en el principio de no intervención y el derecho de autodeterminación de los pueblos y favorece la defensa de la soberanía nacional, los preceptos juaristas se resumen y concentran en la frase: 'Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz'.
En ambos casos, la autodeterminación y el respeto al derecho ajeno fueron groseramente violados en Bolivia con el golpe de Estado auspiciado a todas luces por la Organización de Estados Americanos (OEA) y su testaferro secretario general Luis Almagro, con la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos, según denuncia Mark Weisbrot, codirector del Center for Economic and Policy and Research (CEPR), al argumentar que lo ocurrido no podría haber prosperado sin el apoyo de Washington.
México se mueve en el filo de la navaja por su larga frontera con Estados Unidos, que es un increíble corredor para el tráfico de armas desde la época de apaches y navajos, y más recientemente para el trasiego de estupefacientes que proveen de cocaína y fentanilo al país más consumidor de drogas en el mundo.
Esa región se ha complicado más todavía por un aumento de la migración, sobre todo de centroamericanos, cuyas causas más evidentes están en la falta de oportunidades y un brutal crecimiento de la pobreza generada por la concentración de la riqueza en pocas manos y una deprimente e inmoral redistribución de la riqueza.
Son temas agravados en extremo por el neoliberalismo, la expresión más acabada de lo que el papa Juan Pablo II calificó de 'capitalismo salvaje', el cual se ha hecho más brutal en esta época de Donald Trump con su exacerbamiento de una supremacía filosóficamente sustentada en un social-nacionalismo desfasado pero feroz.
Y no muchos analistas relacionan sucesos aislados o propios de cada país con lo que se podría calificar de cosmovisión global de un sistema socioeconómico que, quiérase o no, está en declive, al extremo de que, como dijera el presidente Andrés Manuel López Obrador, comienza a extenderse entre los multimillonarios del mundo la idea de la necesidad de una descentralización de la riqueza.