El fuego nuevo y un ritual agrícola en un vaso policromo tolteca

Carlos Hernández Reyes Investigador  del Centro INAH-Hidalgo

En  1980  en  la zona arqueológica de Tula, Hidalgo, se llevaron a cabo las  obras   de  cimentación   para  la  construcción  del museo  Jorge   R.  Acosta  y  se  efectuaron trabajos  de rescate

por parte  de  arqueólogos  del  Proyecto  Tula del  Centro  INAH- Hidalgo, entonces  bajo  la dirección del Profesor Rafael Abascal. Durante las excavaciones la arqueóloga Patricia   Castillo  descubrió  en  el pozo  29   una  cista  de  losas conteniendo  vasijas  de  cerámica  entre  las que  destaca un vaso  cilíndrico  polícromo  decorado  con la  ceremonia   del  fuego  nuevo   y  un   ritual  agrícola.

 EL   VASO   POLICROMO

 Es  un  vaso de  barro  café  amarillento con  soporte  pedestal y  cuerpo  de  paredes   verticales  ligeramente divergentes en la parte  superior.  Mide  20  cm de  alto  por  12 cm de  diámetro y presenta  dos  paneles  rectangulares delimitados   por  una  franja   de  color  azul  en  los  que aparecen escenas  ceremoniales de la religión tolteca. Los motivos están pintados  sobre  un fondo  de  color  rojo  y  son de azul,  en  dos  tonos:  obscuro  y  claro; en  café: tono   obscuro  y claro  y  en  blanco  y negro. El soporte pedestal  también tiene un  panel  rectangular  alineado  con  los  de la  parte  superior,  pero  de  menor  tamaño.

CEREMONIA  DEL   FUEGO  NUEVO

En  el  panel, parte  superior  del  lado  izquierdo, ocupando   aproximadamente   las  dos  terceras  partes de la superficie, aparece una pirámide con un templo. El basamento piramidal está  representado de perfil y el templo de frente. Se trata de la llamada “perspectiva  torcida” que  es  común en las representaciones gráficas prehispánicas. La  pirámide está  formada  por un talud rematado  por  un  tablero  vertical  y  al frente  del  basamento se observa la parte  superior  de  una  alfarda   con un remate vertical  o  “dado”.

El templo, aparece en corte  para  permitir  ver   el  interior  donde  aparece   un personaje  sentado  en un trono a  manera de mesa de piedra; está de  perfil y  ostenta un tocado que recuerda  al   xihuihuitzolli  o diadema  de los  reyes  aztecas, del  que  se proyecta  hacia  atrás   un penacho  de   5  largas  plumas. Lleva  una  orejera  circular de la que cuelga diagonalmente  hacia  el  frente  una cuenta  tubular  probablemente de  jade  que  termina  en  una  cuenta  esférica. En  su  rostro  de perfil se le nota  la nariz  atravesada   por  una nariguera  cilíndrica. Lleva  un collar  de  cuentas esféricas  grandes   que  termina  al  frente  en un pectoral  circular.  Con el brazo  derecho empuña  un  atlatl  o lanzadardos  que mantiene en alto.  El atlatl  aparece  representado  en  el  preciso   momento en que ha disparado un dardo. En su brazo izquierdo sostiene horizontalmente  un largo  dardo  de  punta   triangular  que  en la parte  posterior   tiene  una  gran   pluma  oval;  junto  al  dardo sostiene  también un  “ arma curva de madera”  como las  que  llevan  los  atlantes  de  Tula. Calza sandalias  con talonera. Es  probable que se trate de un  gobernante.

Frente al templo,  ya  afuera, se  encuentra  un personaje desnudo  semiarrodillado con  los  brazos  al  frente que  toma  con las   palmas  de las manos  un palillo   de madera   que  hace  girar  sobre  otro madero para encender  fuego: el  fuego nuevo.  Tiene  como  fondo  una  gran serpiente, quizá se trate de un sacerdote de Quetzalcóatl: “La Serpiente  Emplumada”.  En opinión  del arqueólogo César A. Sáenz la fiesta cíclica del fuego nuevo fue establecida  por  Quetzalcóatl

La  ceremonia del fuego nuevo -Toxiu  Molpilia “ átense nuestros  años”  en  náhuatl-  se  efectuaba  al finalizar el  siglo indígena  de  52  años, cuando coincidían  el  Xihuitl  o calendario solar  y el  calendario  ritual o  Tonalpohualli, pues  había  el temor  según estaba  profetizado  en la Leyenda de los Soles, que el sol  podría no  volver  a salir dejando al mundo  en  tinieblas; entonces  los monstruos  nocturnos tzitzimime  -posible personificación de los  planetas y de las estrellas   fugaces-  bajarían  a  la  tierra  por  gigantescas   telas  de  araña  y  devorarían  a la  humanidad. Al sol debilitado  habría  que  revitalizarlo por medio de una  ceremonia impresionante el  atado de los años  o del   fuego  nuevo.

Los  antiguos  mexicanos tres  días  antes del  fin de siglo  rompían todas  sus  vasijas de barro, sus ídolos los tiraban a las  acequias y  apagaban  todos sus  fuegos.  A  las mujeres embarazadas  las  encerraban en graneros  y les ponían   mascaras  de  pencas de maguey pues había el temor de que si no se prendía el fuego se transformarían en fieras, y a los niños procuraban mantenerlos despiertos - pellizcándolos- para que no  se  volvieran  ratones. Todos esperaban angustiados los   acontecimientos.

En  México- Tenochtitlan  los  aztecas efectuaban  la ceremonia  en una   pirámide  que hay  en la parte  alta  del  Cerro de la Estrella en  Iztapalapa,  D.F. .  En  la  noche, antes  de  finalizar el siglo, -16 de noviembre de nuestro calendario- (información de A. Aveni a Johanna Broda) los sacerdotes ataviados como dioses escrutaban expectantes el  firmamento  esperando la salida de las Pléyades que son  un círculo estelar situado en la constelación de Tauro del cual  las cabrillas son el principal grupo y al producirse  - cerca de la  media  noche-  la  culminación de estas  estrellas al  llegar  al cenit y cuando veían que   ya pasaban del medio  entendían que el movimiento del cielo no cesaba, entonces, el sacerdote principal colocaba  sobre  el pecho de un  noble prisionero sacrificado  el  Teocuahuitl, madero divino, sobre el que con un palillo, por  rotación, producía el fuego nuevo. Cecilio Robelo dice que los astrónomos aztecas llamaron mamalhuaztli a las  estrellas que  los  europeos  llamaban mastelejos, estrellas  de la Constelación de Tauro y  fray  Bernardino de Sahagún explica: “porque les parece que  tiene  alguna semejanza  con ellas  y de  ahí les  vino esta  manera de sacar  lumbre. Las  tres estrellas  que  forman la  cabeza  del toro son  alderabán, beta  y gama y  “sin duda  que las  dos  lineas que  forman en ángulo de la  cabeza  del toro  y  en cuyo  vértice cintila una estrella como chispa que  brota del  contacto  de las líneas  del ángulo,  les  dio  la  idea  de la  semejanza  con  los  palos del  mamalhuaztli, de cuyo contacto por frotamiento sale el fuego nuevo”. Por lo tanto  mamalhuaztli  y mastelejos son homólogos, el primero a escala  humana y el segundo a  escala estelar;  con  el primero se  enciende  el fuego  y  con el segundo  se enciende  el sol. Pero para que  se encienda  el  sol es necesario que antes  se haya  encendido el  fuego nuevo. En las  provincias conquistadas  también  celebraban esta  ceremonia  como  en Mizquiahuala, Hidalgo en la pirámide  de  Taxhuadá, explorada   por  Jorge  R. Acosta en  1946.

Cuando veían  que  se  encendía  el fuego la  gente  estallaba  en  gritos  de   júbilo:  porque el mundo y  la humanidad   seguirían existiendo  por  otro  siglo más.  El  fuego   era  llevado  a todos  los  templos para  encender los braseros y reanudar la  vida  normal. Como final de esta ceremonia un escultor labraba un cilindro de piedra llamado  Xiuhmolpilli  o atado de  cañas que  representaba  al  siglo de 52  años que había terminado  y lo enterraban  ceremonialmente en  el altar  de  los  siglos  muertos.  Un  Xiuhmolpilli  tallado  en basalto se  exhibe en la Sala Histórica Quetzalcóatl de Tula. Este vaso polícromo y el Xiuhmolpilli comprueban  que  la  ceremonia  del Fuego Nuevo también la efectuaban los toltecas de Tula.

LA  CEREMONIA  AGRÍCOLA

El panel inferior aparece separado del  anterior  por   una  franja  horizontal  de  color  azul.  En un fondo  rojo se encuentra a la  izquierda la figura de un guerrero. Lleva casco cilíndrico  con salientes  rectangulares laterales  hacia  las orejas de las que penden orejeras  circulares;  de  la  parte  posterior  del casco se  proyecta un penacho de largas  plumas que caen  hacia atrás.  Tiene  alrededor  de los  ojos las  típicas  anteojeras  de  Tláloc, dios de la lluvia y del relámpago; lleva también una media máscara sobre boca  y  mandíbula.

Lleva una  especie de collar o pechera; el brazo izquierdo, adornado  con una  pulsera  de   5  franjas,  lo tiene  en ángulo recto  sobre  el pecho,  en tanto que  el derecho  aparece en  ángulo agudo  hacia  arriba. Da la impresión de estar  presidiendo  la ceremonia. Se le nota a los  lados de  la  cintura  un disco  dorsal:  tezcacuitlapilli o “broche de  cinturón”; su cinturón está  atado al frente;  se ha exagerado el tamaño del disco  en  el  dibujo ya que  de  otra  manera  no podría verse.  Viste una  especie de   faldilla y en los muslos lleva  adornos  formados por  5  fajas  con  colgantes laterales como los que llevan  los atlantes de Tula, cotzehuatl  les  llama  Acosta. Calza  sandalias  con  talonera  y se le notan los  moños que la atan al pie. Se trata de un  guerrero  tolteca  ataviado como Tláloc.

Frente a él aparece  un  personaje  desnudo de pie, esta  de  perfil y se  autosacrifica  con  un punzón  de  hueso que tiene en la mano  derecha.  Como fondo  de este   personaje,  -quizá  su  nombre- se encuentra una ondulante serpiente emplumada. Es probablemente también un sacerdote de Quetzalcóatl. Según la  arqueóloga  Doris  Heyden  los  punzones  de hueso eran  instrumentos rituales reservados para el Tlatoani y para  los principales; entre  los cuales  debemos  incluir  a  los   sacerdotes.

Atrás  de  la  serpiente,  - como  fondo -  aparece  un  árbol de cuatro ramas, dos a cada  lado que  terminan en  los extremos bifurcándose.  El  culto a  los  árboles   y su relación  con el agua  de  los manantiales  sobrevive en Jiliapan, municipio de Pacula, Hidalgo,  y éste   árbol  encontraría  su  lugar  en esta  ceremonia.  Al pie del árbol, en el ángulo inferior  derecho  del  panel aparece  una corriente  de  agua  dentro de la  que se encuentra  un personaje de perfil  que  ostenta un   tocado  rectangular  y  una  gran orejera  circular; tiene  el  brazo derecho  levantado y con la  palma de la mano  abierta y  lleva  una pulsera  ancha. En  la parte, de arriba  está un  individuo sobre  una  especie de tapete, vestido sólo  con  máxtlatl.  Está  sentado a  la  manera  indígena con las  piernas  cruzadas de  frente y  mirando  hacia  abajo. Toma  entre  sus manos  una  planta  de  maíz  con sus   hojas  abiertas  hacia   los  lados. Tiene el rostro de perfil, la nariz ancha  y la frente hacia  atrás; un  mechón  de pelo al frente  es su  peinado: es un campesino  arrancando  de la tierra una  planta de maíz. El maíz  fue el  cereal que   permitió a  las antiguas  culturas americanas  volverse sedentarias y  fue la base  económica de  su  cultura. Y  era necesario propiciar su cultivo aún con autosacrificios como se aprecia en esta ceremonia representada en el vaso. Este cereal fue deificado y constituye aun en la actualidad un elemento básico de la  nacionalidad  mexicana.

Es una  ceremonia  agrícola  presidida  por un guerrero  tolteca ataviado como Tláloc  dios de la  lluvia en la que también participa un sacerdote de Quetzalcóatl. El dios de la serpiente  emplumada con la sangre de su autosacrificio propicia la fertilidad de la tierra; también interviene un campesino con su planta de maíz. Al fondo aparece un árbol relacionado con el agua y que une a la tierra  con el  cielo. Abajo aparece una corriente acuática en la que está un individuo. La  ceremonia  se lleva a cabo en el campo  y está  relacionada  con  el  agua, el autosacrificio  y el maíz.

Los dos  paneles  tanto el de la  ceremonia del  fuego  nuevo  como  el  de la ceremonia agrícola  son complementarios  ya que la primera se conectaba con el culto de la lluvia  y  con la  agricultura. Durante las  exploraciones que llevé a cabo en  1975 en la pirámide del cerro de la estrella  localizamos  una  gran cabeza  de  piedra  representando a  Tláloc,  una  vasija  plumbate con la  efigie  de esta deidad  y  algunos  vasos Tláloc, lo que  demuestra  la relación entre el fuego nuevo y el culto al  dios de la  lluvia. La fiesta  del  fuego  nuevo  giraba  alrededor de la  fertilidad de la tierra y el  simbolismo agrícola era vital para  una  sociedad  cuya  base  económica principal  era  la  agricultura.  El culto de las  Pleyádes  estaba  íntimamente relacionado con el sol,  las  lluvias  y la  agricultura,  ideas  que  hemos  tomado  de la investigadora  Johanna  Broda, adaptándolas   a la  interpretación 

 LAS   CUENTAS   DE  TURQUESA 

En la parte  inferior  del  vaso  -en  el  soporte   pedestal-   alineado  con los   paneles  de la   parte  superior  y  delimitado también  con una franja de  color  azul,  aparece   otro  panel  más pequeño. En éste  sobre  un  fondo rojo  están  representados  8  círculos   azules  con un punto  blanco  en  el centro.  Es probable  que  se  trate  de  turquesas.  Según  Christian  Duverger  “ lo  simbólico  de  la  turquesa  remite a la idea  de calor; calor del fuego  y calor  del  sol”  y estaría  relacionada  con  la  ceremonia del fuego nuevo en que se revitaliza al sol. También podrían tener  una   connotación   calendárica.

Este  vaso polícromo es  una  imitación tolteca  del  tipo Anaranjado  Fino Silhó  del área  maya;  apareció fragmentado pero la  arqueóloga  Noemí Castillo  lo mandó restaurar en los talleres de la  Dirección de Restauración  del Patrimonio Cultural  Paul  Coremans  del INAH. Corresponde a la  cultura   tolteca,  fase  Tollan, que  se  ubica  cronológicamente   de  950  a  1150/1200   años   D.C.  Se encuentra actualmente en exhibición en el museo Jorge  R.  Acosta  de la   zona  arqueológica  de Tula, Hidalgo.

OTRAS  INTERPRETACIONES

Acerca de este vaso en el artículo  “From the Botton Up: The Timing  and  Nature  of the  Tula-Chichen Itzá  Exchange”  de  los  arqueólogos  George  S.  Bey III y William  M. Ringle publicado en Twin Tollans  Chichen  Itzá, Tula, and the  Epiclasic to Early Postclasic  Mesoamericarican World.  Dumbarton Oaks  Research  Library  Collection, 2007 se  afirma  en  la  página  393 que  “… a  Maya- Style  policrome  vase,  recovered  from  excavations  in  Palacio  Charnay,  wich appears to be  Late  o Terminal  Classic  on  the  basis of its  iconographi (fig. 9)”  es decir [“… un vaso  de  estilo  maya  polícromo  recuperado  de excavaciones en el  Palacio Charnay el cual  parece  corresponder  al  Clásico  Tardío  o Terminal   sobre la  base  de  su iconografía (fig. 9)”.]

La información es incorrecta, el  vaso no  apareció en el  Palacio  Charnay  sino   durante   la excavación  de  los  cimientos  del  museo  Jorge  R. Acosta,  corresponde  a la  fase  Tollan   de la cultura   tolteca,   no al  Clásico  Tardío   y  su   iconografía  no es  maya,  es  tolteca.  

El mismo  error de atribuirlo  a los  mayas  se  encuentra  en  el  libro  de  Historia  del  cuarto  grado  de  primaria  publicado  como  libro de  texto  gratuito  por  la  Dirección de  Materiales Educativos (DGME) de la Secretaria de  Educación Pública  (SEP),  México, 2012.  En la  página  53  en  el  ángulo  superior derecho aparece la  vasija  con la  siguiente   información “vaso  de  cerámica  modelada  y  policromada. Cultura  Maya”.

El  comentario de Karl Taube acerca de  este  vaso tampoco es acertado. En el  artículo: “The iconography  of toltec period Chichen  Itzá” incluido en el  libro   Hidden Among the Hills,  First Maler Symposium. Bonn, 1989 páginas 223 y 225, fig. 15 b. Taube dice: “A fine painted vase in the Museo de Tula depicts the masked individual standing before a Maya figure engaged in  bloodleting, with a version  of the  solar  figure seated above (Fig. 156)”. [un fino vaso pintado que está en el museo de Tula representa a un individuo  enmascarado de  pie  frente  a  una  figura  Maya ocupada  en  autosangrarse,  y una  versión  de  la figura solar sentada  arriba].

Y al pie de la  figura 15 b se dice: “scene  on  painted Fine Orange  vessel  drawn from ítem  on  display  in  the museo  de  Tula, Hidalgo  [escena pintada sobre  una  vasija  Naranja  Fina  copiado de la pieza  en  exhibición  en el  museo de  Tula, Hidalgo].

Consideramos que se trata  de  un guerrero tolteca  ataviado como  Tláloc y al frente  aparece una  figura desnuda  autosacrificandose  con un  punzón de hueso. Tiene  como  fondo -quizás  su  nombre-  una serpiente  emplumada  y  al  fondo  aparece   un  árbol  y en la orilla derecha  un individuo con una planta  de  maíz;  en el  ángulo  inferior  derecho aparece  un personaje  en   una  corriente  de  agua.  En el panel superior  no  hay  tal  representación  solar, sino  la ceremonia  del  fuego nuevo presidida  por  un personaje   dentro  de  un templo  y afuera  esta un sacerdote serpiente  emplumada  quien enciende el  fuego con el aparato de  madera  llamado  mamalhuaztli.