Figuras de barro de manufactura reciente de Palula, Guerrero

Siempre me llamó la atención que en diferentes poblaciones del centro de México aparece una serie de figuras de barro de manufactura reciente que tienen un estilo muy peculiar y que abundan en colecciones arqueológicas particulares

y de museos comunitarios y municipales. Durante mucho tiempo tuve esta preocupación hasta que consulté el libro “Entre dos mundos: artesanos y artesanías en Guerrero” de las arqueólogas Alba Guadalupe Mostacho y Elia Nora Morett, publicado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).  El libro es producto de una investigación resultado de un convenio   entre el INAH y la Universidad   Autónoma de Guerrero.  En esta obra las arqueólogas refieren que en Palula, municipio de Tepecuacuilco, Guerrero se elaboran desde hace aproximadamente 10 años   -1969-  una serie de figuras de barro de manufactura tosca y mala cocción que tratan de parecer arqueológicas y que sorprendentemente son las figuras   que habían llamado mi atención durante varios años. 

Las arqueólogas entrevistaron a una familia de Palula que empezó a elaborar este tipo de figuras. Una anciana del lugar fue la primera que empezó a elaborarlas y explica así el inicio de esta actividad: “yo con mis muchachos empezamos los primeritos. El que trajo la muestra fue mi muchacho ‘mire, mamá, allá un amigo hace de este muñequito, nomás que los hace en molde. ¿Usted lo podrá hacer así, a mano?” –ella contesta- “Si hijo, viendo”. “Y ya vienen unas muchachas y se fijaron como hacíamos… pues no hay donde trabajar…  “y ellas empezaron a hacer también muñequitos…  y hora cualquiera los hace… los hacen en todo el pueblo”. A falta de otras   oportunidades de trabajo   en su comunidad, para muchas personas   sometidas a una raquítica agricultura de   autoconsumo o que no poseen tierras la artesanía es una opción de subsistencia.

La producción de estas figuras está a cargo de las mujeres como en la época prehispánica, cuando las mujeres eran quienes elaboraban la cerámica, lo que también es un rasgo que se encuentra en otras culturas   del mundo.

El trabajo alfarero se lleva a cabo en la temporada de secas entre los meses de diciembre a mayo y las mujeres combinan esta actividad artesanal con sus tareas domésticas.  Los niños ayudan al acarreo del barro al que se le agrega ‘boñiga de bestia’ que actúa como desgrasante y evita que las figuras se quiebren o se partan, sin embargo, las figuras presentan numerosas grietas y además tienen un mal cocimiento ya que se cosen en hornos abiertos   excavados en la tierra.

Las figuras se modelan a mano, luego se decoran antes de la cocción, cuando las piezas están todavía frescas, con diseños a base de incisiones. Para hacer los diseños utilizan alambritos que ya tienen para ese propósito.  Dicen las arqueólogas Mostacho y Morett   que cada persona hace de entre 35 y 40 figuras medianas por semana. “Pues se entretiene uno, pues sí dan trabajo”, dicen las alfareras.

La cocción de las piezas se lleva a cabo en hornos excavado en el suelo. Les ponen leña y paja en su parte inferior, colocando después las figuras que se cubren también con leña, después prenden el horno. A diferencia de otras comunidades alfareras donde los hombres se encargan de cocer la cerámica en Palula 4 o 5 alfareras se dedican a la cocción de las figuras. Estas mujeres también recolectan cada semana la producción de todo el pueblo y se encargan de darles apariencia de antigüedad o pátina, aplicándoles antes de cocerlas un baño final de barro oscuro diluido en agua. Las alfareras dijeron que prefieren vender sus figuras en crudo porque así se evitan las molestias de la quema y los problemas de la venta, pero sobre todo porque a mucha gente le da miedo cocerlas, no se les vayan a romper y entonces no ganen nada.      

En ocasiones llegan compradores de figuras al mayoreo, quienes las revenden después en varios lugares de la república, principalmente en Taxco, Acapulco e Iguala, Guerreo; Cuernavaca y cuatla, Morelos y el Distrito Federal.   Es frecuente ver estas figuras en puestos y mercados de artesanías, también en muchas ocasiones son ofrecidas en zonas arqueológicas por vendedores ambulantes, quienes aseguran que son piezas originales.

Las figuras de Pulula tienen un mercado cada vez más amplio, se trata de producción artesanal de circulación y consumo como mercancía dentro del sistema capitalista nacional. al hacer los registros arqueológicos oficiales de colecciones nosotros las hemos encontrado en la Huasteca Hidalguense, en la colección del museo arqueológico municipal de Acaxochitlan, en el museo comunitario de La Peña, Actopan, en Huapalcalco y en Tulancingo, también en Huasca de Ocampo del estado de Hidalgo. También han sido reportadas en Querétaro, Xicotepec, Puebla y en Chimalhuacán, Estado de México, y hasta en Jalisco y Michoacán. Casi todos dicen que las han encontrado en cuevas o en sus milpas o que se las heredaron sus abuelos y esto resulta un interrogante a resolver. La respuesta o parte de ella, parece dárnosla la maestra Olga Castañeda quien fue responsable de la Dirección de Cultura del Municipio de Acaxochitlán.  La maestra Castañeda las denomina “hombres coyote” y hace notar que uno de sus rasgos es que tienen la boca en forma de   media luna hacia abajo, dando la impresión de que están enojadas y que en Acaxochitlán son usadas por los chamanes o curanderos en ceremonias religiosas de raíces indígenas.

La creatividad   de las artesanas de Palula es   notable ya que en un lote de figuras   que   fueron donadas al Centro INAH-Hidalgo, aparece en estilo Palula la figura de un Chac Mool, escultura característica de los toltecas, posiblemente inspirado en alguna publicación arqueológica.  El estilo de estas figuras es inconfundible y fue creado de acuerdo con la información de que disponemos por una familia y después imitado por todo un pueblo. Esto podría darnos una idea de cuál fue el origen de los estilos prehispánicos locales que alcanzaron gran difusión en el territorio mexicano y centroamericano y cuya identificación nos permite atribuirlas a una cultura determinada, como ahora lo hacemos con el estilo Pulula.