La Religión Tolteca

Carlos  Hernández  Reyes/Investigador del Centro INAH-Hidalgo. Podemos acercarnos al conocimiento de la religión tolteca por el estudio  de las representaciones  de  sus  dioses en piedra y barro, pinturas  y bajorrelieves; los restos de sus  templos y altares, juegos de pelota,  tumbas  y  enterramientos.

También  son un apoyo importante las crónicas de soldados y frailes que participaron en la conquista, así como los relatos de los indígenas castellanizados, aunque estos autores se refieren principalmente al pueblo azteca, pero como éste es heredero directo de los toltecas la información que  proporcionan es útil. Podemos interpretar las esculturas de los dioses toltecas, basándonos en sus  homólogas aztecas, y las leyendas aztecas iluminan la  mitología de los antiguos habitantes de Tula.

La religión tolteca era politeísta -creían en muchos dioses-  algunos como Huehuetéotl, el Viejo dios del Fuego fue heredado de los antiguos pueblos preclásicos que  poblaron el valle de México de 2 000 a.C. a 100 d.C. Tláloc, el dios de la lluvia,  también se originó en esos pueblos que fundaron las primeras aldeas agrícolas. Quetzalcóatl –dios de los teotihuacanos- quienes tuvieron su apogeo en 500 d.C., así como en sus propios dioses relacionados con la cacería y los astros: Mixcóatl, Tezcatlipoca e  Itzpapálotl la mariposa de obsidiana.

Había entre los toltecas sacerdotes especialistas en funciones religiosas. Utilizaban durante las ceremonias braseros de barro para quemar copal en sus templos y sahumerios para sahumar a los dioses. También se han localizado en las excavaciones  arqueológicas punzones de  hueso y púas  de  obsidiana y de  pencas de maguey  para  los  autosacrificios.

Sus dioses principales fueron Quetzalcóatl La Serpiente Emplumada, deidad  sacerdotal heredada de Teotihuacán que aparece en dos advocaciones: como Tlahuizcalpantecuhtli El Señor de la Casa de la Aurora o planeta Venus y como Ehécatl, dios del Viento. El primero es identificable por  las  líneas  rojas y amarillas  verticales con que aparece pintado su cuerpo y las cariátides son representaciones de este dios; Ehécatl se caracteriza por la máscara bucal de ave  que ostenta  y los  basamentos cónicos estuvieron dedicados a él, como la pirámide del Corral de la zona arqueológica de Tula. Eran redondas  para  no oponerle  resistencia al  viento. 

Quetzalcóatl fue el  dios  principal mientras los  sacerdotes mantuvieron el  poder, pero cuando lo perdieron a manos de los guerreros su  importancia declinó, y Ce Acatl Topiltzin Quetzalcóatl, su sacerdote principal, tuvo que  exiliarse  de Tula. Tezcatlipoca  El Espejo Humeante de Obsidiana, fue el dios que llegó a ocupar el lugar  principal cuando los guerreros, triunfaron y tomaron  la dirección del  Estado Tolteca. Se le reconoce por su pierna mutilada y el fémur saliéndole del muslo. En  el códice Vaticano aparece  Tezcatlipoca a la orilla de  un  rio  en el momento en que un Cipactli o caimán Monstruo de la Tierra, le arranca el pie. Según otra  leyenda el pie le fue  cortado al cerrarse repentinamente las puertas del mundo subterráneo cuando Tezcatlipoca salía apresuradamente.

Pero el dios más  representado  por  los  toltecas fue Tláloc “El que hace crecer las plantas, dios de la Lluvia” -ancestral deidad de los campesinos- aparece en esculturas, bajorrelieves, pinturas murales, vasijas, figurillas y petrograbados. Se le identifica por los aros o discos que ostenta alrededor de los ojos, que originalmente  eran serpientes  enroscadas y también por la banda labial que son los colmillos de las serpientes. Este dios siempre estuvo a la par del dios principal del momento, ya que su participación en la producción de la lluvia le daba gran importancia, porque la agricultura fue la base principal de las culturas prehispánicas.

Yacatecuhtli, dios de los Comerciantes. Aparece representado como tameme o “cargador” con su mecapal en la  frente y cargando un bulto, lleva  además, su bastón para apoyarse. La  presencia de esta  deidad sugiere, que entre  los  toltecas existían gremios de comerciantes; los que efectuaban ceremonias a él dedicadas, como está documentado para los aztecas.

Huehuetéotl, El Viejo dios del Fuego lo identificamos por ser un anciano  encorvado con el  rostro  surcado de arrugas y  la  falta de  algunos  dientes, es una deidad muy relacionada con el pueblo otomí  y es quizá  más  antigua  que  Tláloc.

Itzpapálotl  La Mariposa de Obsidiana, se le identifica por  su rostro descarnado y sus  alas adornadas con cuchillos de obsidiana. Según el arqueólogo Jorge  R. Acosta  es una deidad  guerrera  tolteca-chichimeca.  Se  exhibe  en el  museo  de  Tula.

Mixcóatl,  dios de la Caza  y la  Vía  Láctea, aparece representado en una lápida y también  en un disco tolteca de concha encontrado en Epazoyucan. Se dice que fue padre de Quetzalcóatl, y que  a su  muerte  fue  deificado como dios cazador de los desiertos del norte. Se le  identifica  por  su tocado de plumas de  águila llamado cuauhpilolli  y sus  orejeras en forma de  pezuña de  venado.

Xipe Tótec “Nuestro Señor Desollado”, dios de la primavera, de la  renovación  de la cubierta  vegetal de la tierra  y de los joyeros, aparece  en  las  pinturas rupestres toltecas de la Barranca del Diablo, en Ixtapantongo, Estado de México. Esta deidad también apareció labrada en piedra frente al Hotel Sharon de Tula, durante excavaciones de  rescate  y en  fecha  más reciente se encontró modelada en barro en trabajos efectuados por el arqueólogo Luis Manuel Gamboa  en Tula. Se le  representa vestido  con la piel de un sacrificado  y con una  nariguera  llamada  yopitzontli.

Tonatiuh dios Sol no  ha sido localizado hasta ahora en Tula, sin embargo hay una lápida rota con la representación de un disco solar y también aparece en la parte central  del tezcacuitlapilli o broche dorsal de las cariátides o  atlantes. Mayahuel la diosa del Maguey, hasta ahora tampoco ha sido encontrada en Tula, aunque en las  pinturas  rupestres de Ixtapantongo, Estado de México, aparece surgiendo de  un maguey  y con  dos  jícaras  llenas de  pulque, una en cada  mano. Tampoco  Patécatl dios del  Pulque ha  sido  localizado.

El culto a los  dioses toltecas debió  llevarse  a cabo en los templos  que  estaban en la plataforma  superior  de  las pirámides, en los altares de las plazas de los  barrios, en las banquetas–altar de los palacios y hasta  en los campos de  cultivo y en las  cuevas.

El chac mool  es una  escultura  religioso-funcional. Aparece  yaciendo de espaldas y con  los  codos apoyados en el piso, sosteniendo con ambas manos  una vasija en el  vientre. Aparece frente a los altares de los diferentes dioses y en la vasija se  colocaban las ofrendas que les eran depositadas. Era un intermediario entre los  hombres  y  los  dioses,  un mensajero  divino.  

La cancha, tlachtli o tlachco para el  juego de  pelota, era en realidad un templo más. El encuentro entre los  jugadores  era  un deporte ritual que recordaba  la  lucha  entre  el sol  y las estrellas. Cerrando la plaza  central de Tula por el lado poniente se localiza  el Juego de Pelota 2, una enorme cancha de 114 metros de largo, que debido a sus  grandes dimensiones y su ubicación preferente se ha interpretado  como  un  teotlaxco  o  teotlachtli:  “juego de pelota de los  dioses”, donde  los  jugadores  vestidos  como las diferentes deidades se enfrentaban en un encuentro que culminaba con el sacrificio por decapitación del capitán del equipo   derrotado.

La cancha del Juego  de  Pelota  1, situada al norte de la Pirámide de los Atlantes, es una cancha de tamaño standard; en los extremos interiores de ésta aparecen  sendos nichos semicilíndricos donde eran colocados los dioses que presidían los encuentros  para que “vieran”  el juego.

Tenían culto a los muertos a los que les colocaban ofrendas como vasijas con alimentos, figurillas, cuentas de jade y en ocasiones sacrificaban a un perro de preferencia amarillo  para  que  ayudara  al  alma del  difunto  a sortear los peligros del viaje al Mictlan. Algunas de las vasijas presentan  una perforación para que el “alma” del  recipiente escapara de su cuerpo de barro; se les llama vasijas “matadas”. Se trata de vestigios de creencias  animistas,  una  etapa religiosa en la que se creía que todos los objetos tenían “alma”.

A los  muertos se les espolvoreaba  cinabrio  o almagre  cuyo  color  rojo,  color del sol,  les  ayudaría en su próxima resurrección como el sol  renace cada  día.  En  ocasiones se incineraba  al  muerto  y sus  cenizas  eran en ocasiones colocadas  en  recipientes que tenían la representación de Tláloc, y le hacían una perforación  para que estuviera  “matada”.

En un vaso cilíndrico tolteca, imitación anaranjado fino, decorado con escenas ceremoniales pintadas aparecen dos paneles decorados. El de la parte superior  representa  la  ceremonia del  Fuego Nuevo que se  efectuaba cada 52 años es decir al  fin de cada siglo.  La ceremonia  es presidida por un gobernante  y el  Fuego Nuevo era encendido por un sacerdote de la serpiente emplumada. En el panel inferior aparece una ceremonia agrícola presidida por un guerrero ataviado con indumentaria de Tláloc, dios de la lluvia, y en frente de él un  sacerdote Serpiente  Emplumada se autosacrifica en la mano con un  punzón de  hueso para  con su sangre favorecer la fertilidad de la tierra y en otro extremo  aparece  un campesino  sembrando una planta de  maíz.

Muchos  de estos  dioses,  mitos, ceremonias y  costumbres  funerarias  fueron  heredadas  por los  aztecas  quienes   fueron  los  sucesores  de  los  toltecas   en el Altiplano Central de   México.