¿Un nuevo tipo de esculturas prehispánicas del valle de Tulancingo?

En  mayo de 1993 a invitación de la profesora Gloria Valencia, secretaria del Consejo para la Protección Cultural del Valle de Tulancingo, nos trasladamos el que suscribe, la maestra Anita Wallrath, Gloria Valencia y el arqueólogo Mateo Wallrath, a la colonia Lindavista,

de la ciudad de México, para conocer la colección arqueológica de la señora Teresita Garduño. Platica la señora Garduño que su  esposo era médico y que cuando trabajó en Huapalcalco algunos de sus pacientes le regalaban esculturas de piedra que decían habían encontrado en el campo. Al cabo del tiempo acumuló un buen número de ellas. La señora Garduño había  decidido donar estas  esculturas para  un  futuro museo en Tulancingo.

Fotografié las esculturas y observamos –Mateo y yo- que éstas tenían rasgos que no permitían atribuirlas a ninguna de las culturas prehispánicas conocidas. Se encuentran  generalmente  en posición  sedente sobre una especie de banco cúbico  y con las manos colocadas sobre las rodillas. Otras tienen las piernas cruzadas y llevan tocados sencillos con grecas en forma de triángulos o verticales en forma de U. Algunas ostentan una banda  alrededor de la frente. Las hay con tocado cónico y ondulaciones, que probablemente representen serpientes. Son muy  interesantes algunas que están revocadas con una delgada capa de estuco –mezcla de  cal apagada, arena fina y agua- sobre la que les fue  aplicada una  capa de pintura verde, azul o gris azulada, para dar la impresión de que  son de jade o turquesa. Otras  son cabezas  decapitadas sin cuerpo, de alto cuello, como si fueran  cabezas- trofeo. Hay también máscaras con rasgos crudos, pero enérgicos y otras de  rasgos finos, una tiene representada la barba. Tienen pátina y algunas están ligeramente erosionadas, las  hay tanto masculinas como femeninas y sólo una parece zoomorfa.

Mateo Wallrath opinó que se trataba de esculturas no originales; yo también, ante lo inusitado de éstas, consideré que no eran auténticas, aunque supuse que algunas podrían ser de la  época  colonial  puesto que una de  ellas  era un personaje barbado. Nos comentó la señora Garduño que antes de nosotros había ido a ver las esculturas un arqueólogo del Museo Nacional de Antropología, quien después de dar un rápido vistazo a las piezas, minutos después le dijo: señora Garduño regale, venda o haga lo que quiera con estas  esculturas,  son falsas.

De  regreso en Pachuca se le solicitó al entonces director del Centro INAH-Hidalgo, Lic. José  Vergara, un vehículo oficial  para  trasladar las esculturas a Tulancingo, pero enterado de que no eran originales negó el préstamo. No volvimos a saber de las piezas y al poco tiempo todos olvidamos el  asunto.

Un año después, el 3 de mayo de 1994, fui comisionado por la Dirección del Centro INAH-Hidalgo para ir con el restaurador Alberto Islas a Ventoquipa, municipio de Santiago  Tulantepec, a ver  unas  esculturas  del señor Juan  Ávila Hernández.  Estas  esculturas son  semejantes a las de la señora Garduño; también las fotografié y describí.

Posteriormente el entonces director del Centro INAH-Hidalgo, antropólogo Jacinto Chacha, me envió para atender la solicitud de la presidencia municipal de Tulancingo de hacer el  registro  de las  esculturas  de la casa de Cultura Ricardo Garibay. Las piezas habían estado en poder del señor Francisco Huerta, vecino de Tulancingo, quien quería donarlas para que fueran exhibidas. Me di cuenta con sorpresa que se trataba de  las mismas esculturas de la  señora Garduño que yo había  fotografiado en la  ciudad  de México, pero ya  no estaban  todas,  muchas de ellas han  desaparecido y no se sabe  dónde  se encuentran actualmente.

También  nos dimos cuenta que en la  bodega  de arqueología del  Centro INAH-Hidalgo, en uno de los estantes, estaba una escultura del mismo estilo  en la que no nos habíamos fijado antes. Las piezas de esta bodega antes de llegar al INAH se encontraban en un pequeño museo de la Universidad Autónoma de Hidalgo, que fue organizado por el etnólogo José Lameiras y posteriormente pasaron a  formar parte  del ahora  desaparecido  Museo  Regional de  Hidalgo.

En una visita al rancho Huapalcalco en 2009 –aprovechando que estábamos haciendo  trabajos  de  mantenimiento en  la  pirámide de Huapalcalco-  el ingeniero Eduardo del Villar, nos enseñó su colección arqueológica -que tiene registrada ante el INAH- en la se encuentra una escultura, semejante a las de  la  señora  Garduño, del señor Juan Ávila  y  de  la  bodega  del  Centro INAH.  El ingeniero del Villar dijo que sus piezas habían sido encontradas en los  alrededores  de  Huapalcalco.  

Un folleto fotocopiado llamado “Tesoro Arqueológico de Tulancingo Edo de Hidalgo, México” escrito por Roberto Ocádiz,  que me fue proporcionado por el director del periódico El Satélite de Tulancingo, publica varias esculturas de este mismo estilo que  pertenecieron al arquitecto Renè Lafaure. Se nos dijo que el arquitecto al hacer sus obras de  construcción les compraba a los trabajadores las piezas que encontraban y así fue  reuniendo una colección que en 1950 -según me informó la arqueóloga María Teresa M. entonces subdirectora del Registro Arqueológico de Monumentos Muebles del INAH-  trató de registrar. 

El profesor Odilón Rangel del CONAFE, nos informó que fue de excursión  con sus alumnos a  Huajomulco, poblado del municipio de Tulancingo, de donde es originario uno de sus  alumnos,  y que el  abuelo de éste les enseñó un ídolo de piedra que recién había encontrado al sembrar su parcela. El profesor Rangel me trajo fotografías de esa pieza que coincide formalmente con las esculturas que hemos referido, está en posición  sedente, con las  manos sobre  las  rodillas y ostenta un gorro cónico delimitado en la  parte  inferior por serpientes, por lo que está relacionada con Ehécatl-Quetzalcoátl, dios del viento. Como el señor que encontró la  escultura no tenía  ningún interés en engañar a nadie y todo  fue  espontáneo y la pieza tiene pátina y da la impresión de  antigüedad, considero que se  trata de una  pieza original, y se puede concluir que todas las esculturas que comparten las mismas  características, también son originales, y que es probable que aparezcan en contextos arqueológicos en futuras  exploraciones en el Valle de Tulancingo. Como el lugar donde mis dudas sobre la  autenticidad de estas  piezas se  despejaron se llama  Huajomulco, considero  que puede ser el sitio epónimo de estas figuras de piedra y a este estilo propongo denominarlo   Huajomulco.

El 19 de julio de 2006, llevamos a cabo el registro de la colección arqueológica de la presidencia municipal  de Santiago Tulantepec, para ser exhibida en un museo local. Las piezas se encuentran en la Casa de Cultura a cargo del profesor Iván Reyes Vázquez y fueron donadas por los vecinos del lugar, quienes dicen que éstas proceden de diferentes lugares del municipio, entre estas piezas también hay una escultura de este mismo estilo procedente de Zazacuala. Una cabeza que  formó parte de una escultura sedente de este tipo fue donada el 4 de  julio de 2008 al INAH-Hidalgo por la maestra jubilada  Doricela Martínez Velasco de Pachuca, esta pieza incrementa el número de ejemplares de este tipo de esculturas.

Si consideramos que el Valle de Tulancingo estuvo ocupado en el periodo clásico por la  cultura teotihuacana, de acuerdo con los restos prehispánicos de un entierro radial localizado por la  arqueóloga Florencia Müller y César Lizardi Ramos en el lienzo charro de Santiago Tulantepec, donde incluso apareció una escultura de Huehuetéotl o viejo dios del fuego típicamente  teotihuacano. La ocupación clásica  no está  sujeta a  discusión.

Pero la pirámide de Huapalcalco no es  teotihuacana, ya que ni la técnica constructiva ni las  proporciones lo son. En cuanto a la cerámica tampoco es teotihuacana. Sin embargo tiene su arquitectura influencia de Teotihuacán, pero los taludes son muy altos en proporción a los tableros por lo que Huapalcalco es posterior y corresponde al periodo Epiclásico que, de acuerdo con la arqueóloga Margarita Gaxiola, se  puede ubicar cronológicamente de  650 años d.C.  a  900 años d.C., fecha obtenida a través de muestras de carbono 14.

Tampoco tenemos evidencias materiales, de una ocupación tolteca en el valle de Tulancingo, por lo que  las  esculturas Huajomulco no son  ni teotihuacanas  ni toltecas aunque tienen influencias de la cultura Totonaca de la Costa del  Golfo de México y de la Huasteca del noreste de Hidalgo. Dice la arqueóloga Florencia Müller en  su  artículo  “El  Valle de  Tulancingo”, en la  Revista  Mexicana  de Estudios Antropológico, p. 135, que  en “Huajomulco. Este sitio arqueológico está a 8 kilómetros antes de llegar a Tulancingo son de interés dos  esculturas  del tipo burdo esculpidas en  piedras  redondas”. Es probable que  se  refiera a  esculturas  del  estilo Huajomulco.  Tal vez  en  un  futuro   se puedan  encontrar  fotografías  de  esas  esculturas  en el Archivo  General  del  INAH, a cargo  del Sr.  José  Luís Ramírez.}