Figuras de barro de manufactura reciente de Palula, Guerrero

Carlos  Hernández  Reyes/Investigador del Centro INAH-Hidalgo

Siempre me llamó la atención que en diferentes poblaciones del centro de  México  aparecen figuras de barro de manufactura reciente de un estilo muy peculiar

y que abundan en colecciones arqueológicas particulares y en  museos comunitarios y municipales. Durante mucho tiempo tuve esta preocupación hasta que fortuitamente consulté el libro Entre dos mundos: artesanos y artesanías en Guerrero de las arqueólogas Alba Guadalupe  Mastache y Elia Nora Morett, publicado por el Instituto Nacional de Antropología e  Historia (INAH). El libro es producto de  una investigación  resultado  de  un  convenio   entre  el  INAH  y  la  Universidad   Autónoma de  Guerrero.  En esta  obra  las  arqueólogas  refieren  que  en  Palula,  municipio  de Tepecuacuilco, Guerrero  se  elaboran  desde  hace  aproximadamente 10 años   una serie de figuras de barro de  manufactura  tosca y mala cocción que tratan de parecer arqueológicas y que  sorprendentemente  son  las  figuras   que  durante  varios  años habían  llamado  mi atención.

Las  arqueólogas  entrevistaron a  la  familia de Palula  que empezó a  producir este tipo de figuras. Una anciana fue la primera que empezó a  elaborarlas  y  explica  así  el  inicio de esta  actividad: “yo  con mis  muchachos  empezamos los primeritos. El que trajo la muestra fue mi muchacho ‘mire, mamá, allá  un  amigo hace  de este  muñequito, nomás  que  los  hace  en molde. ¿Usted  lo podrá hacer así, a mano?” –Ella contesta- “Si hijo, viendo”. “Y  ya  vienen unas  muchachas y se  fijaron como hacíamos… pues no hay donde  trabajar…  “y ellas  empezaron a  hacer también muñequitos…  y hora cualquiera los hace… los  hacen en  todo el pueblo”. A falta de  otras   oportunidades  de  trabajo   en su comunidad,  para  muchas  personas   sometidas  a  una  raquítica  agricultura  de   autoconsumo  o que  no poseen tierras  la  artesanía  es  una  opción  de  subsistencia.

La producción de estas  figuras está a cargo de las  mujeres como en la  época prehispánica, cuando las  mujeres eran  quienes  elaboraban la cerámica, lo que es  un  rasgo que también se encuentra  en otras  culturas   del mundo. El  trabajo alfarero  se lleva a cabo  en la  temporada  de secas  entre  los  meses  de  diciembre  a  mayo y las  mujeres combinan  esta  actividad artesanal con sus  tareas  domesticas.  Los  niños  ayudan  al acarreo del  barro  al que se  le  agrega ‘boñiga de bestia’ que actúa  como desgrasante y evita que las figuras se quiebren o se  partan, sin embargo las figuras presentan  numerosas grietas y además tienen mal cocimiento ya  que se cocen en hornos  abiertos   excavados en la tierra.

Las  figuras  se  modelan  a mano, luego se decoran con diseños a base  de incisiones. Antes de la cocción, cuando las  piezas  están  todavía  frescas. Para hacer los  diseños  utilizan alambritos  que  ya tienen  para  ese propósito.  Dicen las  arqueólogas  Mastache y  Morett   que cada  persona  hace de entre  35 y 40  figuras medianas  por semana. “Pues se  entretiene  uno,  pues  sí dan trabajo”, dicen las alfareras.

La cocción de las  piezas  se lleva acabo  en hornos excavado  en el suelo. Les ponen leña y paja  en su parte inferior, colocando  después  las  figuras que se cubren también con leña, después prenden el horno. A diferencia de otras comunidades alfareras donde los hombres se encargan de cocer la cerámica en  Palula 4 o 5 alfareras se dedican a la cocción de las figuras. Estas  mujeres también  recolectan cada  semana la producción de todo el pueblo y se encargan  de  darles  apariencia de  antigüedad o pátina, aplicándoles antes de  cocerlas un baño  final de barro  oscuro diluido en  agua.

Las demás alfareras dijeron  que  prefieren  vender sus  figuras  en crudo  porque  así  se  evitan las  molestias de  la quema y  los problemas de la venta,  pero  sobre todo porque a  mucha  gente  le  da  miedo cocerlas, no  se les  vayan a romper  y  entonces  no ganen  nada.     

En  ocasiones llegan compradores de figuras  al  mayoreo,  quienes  después las  revenden    en  varios  lugares de la  república,  principalmente  en  Taxco, Acapulco e Iguala, Guerrero; Cuernavaca y Cuatla, Morelos  y el Distrito Federal.   Es  frecuente  ver  estas  figuras  en  puestos y mercados de artesanías. También  en muchas ocasiones son ofrecidas  en  zonas arqueológicas por  vendedores  ambulantes, quienes  aseguran  que son piezas  originales. Las  figuras  de  Palula  tienen  un mercado  cada  vez  más  amplio,  se trata de  producción  artesanal de circulación y consumo como  mercancía dentro del  sistema  capitalista  nacional.

Al hacer los registros arqueológicos oficiales de las  colecciones arqueológicas particulares  o  comunitarias  las hemos  encontrado en  la  Huasteca  Hidalguense, en  la  colección del Museo Arqueológico Municipal de Acaxochitlán, en el Museo Comunitario de La Peña,  Actopan,  asimismo en Huapalcalco y en Tulancingo; también en Huasca de Ocampo, del estado de Hidalgo. También han sido reportadas en Querétaro, Xicotepec, Puebla y en Chimalhuacán, Estado de México, y hasta en Jalisco y Michoacán. Casi  todos  dicen  que las han encontrado en cuevas  o en sus milpas o que se las  heredaron sus abuelos y esto  resulta un interrogante  a resolver. La  respuesta o parte de ella, parece dárnosla la maestra Olga  Castañeda  quien fue responsable de la Dirección de Cultura del Municipio de Acaxochitlán.  La maestra Castañeda las denomina  “hombres coyote”  y hace notar  que uno de  sus rasgos  es que  tienen la boca  en  forma de   media  luna  hacia abajo, dando la impresión de que están enojadas  y que en Acaxochitlán  son  usadas  por  los chamanes o curanderos en  ceremonias religiosas de  raíces indígenas.  En las   oficinas de  registro arqueológico del  INAH son llamadas  “diablitos de  guerrero”.

La creatividad   de las  artesanas  de Palula  es   notable  ya que  en  un  lote  de  figuras   que   fueron donadas  al  Centro INAH-Hidalgo,  aparece en estilo Palula la figura de  un Chac Mool, escultura característica de los toltecas,  posiblemente inspirado en alguna  publicación arqueológica.  El estilo de estas figuras es inconfundible y  fue creado de acuerdo con la  información de que hemos  presentado por una familia y después imitado por todo  un pueblo. Esto podría darnos  una  idea  de cuál  fue  el  origen de los estilos prehispánicos  locales que  alcanzaron  gran difusión en el  territorio  mexicano y centroamericano y cuya  identificación  nos  permite  atribuirlas  a  una  cultura determinada, como  ahora lo hacemos  con el estilo Palula.